18 ene. 2011

El sherpa que quería ver el mar

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"Samudra' es una hermosa palabra que viene del sánscrito y que en nepalí significa océano. Pasang Chhiring Sherpa había fantaseado muchas veces con el mar pero cuando se plantó por primera vez ante las olas del Cantábrico se quedó boquiabierto. "Estaba tan impresionado -sonríe Bárbara Bassols- que sólo acertaba a decir 'big water', 'big water' (agua grande)". Bárbara y su pareja Koldo Aduriz son los tutores legales de Pasang, posiblemente el único sherpa que ha consolidado su residencia en España. A los sherpa se les conoce sobre todo por el papel que han desempeñado ayudando a los montañeros occidentales en sus gestas himalayistas. No suman más de 180.000 almas pero han construido con sus hazañas una épica del sacrificio que hace que su nombre sea sinónimo de una capacidad de resistencia que linda con lo sobrenatural.
En la historia de Pasang, que al fin y al cabo es una historia de sherpas, no podían faltar las montañas. Fue precisamente en las alturas del Himalaya donde conoció a la persona que marcaría un antes y un después en su vida. Pasang tenía entonces 12 años y trabajaba como porteador de las expediciones occidentales. "En Nepal -cuenta el sherpa- no nos sobran las cosas y a los 6 años ya me hacía cargo de sacar a pastar y cuidar a los yaks. Cuando cumplí 8 años empecé a trabajar de porteador y acarreaba entre diez y doce kilos de carga todo el día por el equivalente de un euro y medio en rupias".
Pasang formaba parte del grupo que contrató en Lukla el guía navarro Koldo Aldaz para una de sus expediciones por el Himalaya. "Desde el primer momento -explica Aldaz- ya me fijé que era un retaco y me dio un no sé qué verle cargando veinte kilos pero no quise decir nada porque al fin y al cabo es su trabajo y casi todas las familias dependen de lo que les lleva su hijo para sobrevivir. Cuando empezamos a ascender, sin embargo, las cosas empeoraron; al llegar a los 5.000 metros nos cayó una nevada de aúpa y el chaval, que iba semidescalzo con unas chancletas, empezó a tener problemas por la altura. Todos los de la expedición nos dimos cuenta de que no podía seguir, así que hablé con el jefe de los porteadores, el sirdar, que casualmente era su tío, y le dije que lo mandase para casa, que ya nos haríamos cargo de su sueldo. El chaval protestó mucho y se llevó un disgusto enorme, pero conseguimos convencerle diciéndole que al terminar la expedición le íbamos a compensar".
Lo último que sospechaba Pasang cuando descendía en solitario y con la cabeza llena de malos presagios hacia su hogar de Lukla es que las vagas palabras de consuelo pronunciadas por los extranjeros llegasen alguna vez a tomar forma. Aldaz cuenta que la decepción que se llevó el pequeño sherpa al verse apartado de la expedición se les quedó grabada de tal forma que decidieron entre todos costearle un pasaje de avión hacia Europa. A Pasang casi se le había olvidado ya el episodio cuando recibió la noticia de que tenía una plaza reservada en un vuelo que partiría en pocos días a París. La escena del niño-sherpa, que hasta entonces nunca había salido de su país, descubriendo de la mano del montañero navarro la arquitectura prodigiosa de la capital francesa justificaría por sí sola un guión de película juvenil de aventuras.
Pasang pasó sus primeros dos meses en España en casa del guía navarro, el único de la expedición que tenía un hijo de edad parecida. Una de las primeras cosas que quiso hacer fue ir a ver el mar, ese espacio misterioso al que van a parar las aguas de todos los ríos del mundo, según la acepción original del vocablo 'samudra'. Aunque no temía al agua y se llevó un bañador, la primera vez que contempló el océano desde la playa donostiarra de La Concha se quedó tan impresionado que ni siquiera hizo amago de sumergirse. Sus dos tutores actuales aún sonríen al recordar la imagen del pequeño sherpa clavado de asombro en la orilla mientras intentaba poner palabras a lo que veía en su muy rudimentario inglés.
De sorpresa en sorpresa
El mar fue el concepto que más le costó describir a sus familiares y amigos a su vuelta a Nepal, un país sumergido entre nubes que está a cientos de kilómetos de cualquier costa. Durante sus dos primeros meses en Navarra había descubierto otras muchas cosas, aunque ninguna con semejante carga simbólica. "Todos los días me encontraba con algo nuevo: los edificios, las ciudades, las cocinas, las tiendas, las carreteras... incluso me sorprendieron las vacas que pastaban en los prados cerca de casa porque en mi país sólo se ven los yaks". Pasang regresó a su país con un equipaje repleto de nuevos sentimientos y narraciones prodigiosas. Durante los dos años siguientes repitió la experiencia y cuando cumplió los 15 decidió de común acuerdo con sus tutores prolongar su estancia y solicitar plaza en un instituto de Pamplona.
A esas alturas había adquirido ya un dominio más que razonable del castellano, lo que le permitió integrarse sin demasiadas dificultades en el centro escolar. "Al principio me tomaban el pelo y me conocían como 'El Chino', lo que me daba mucha rabia porque lo peor que le puede pasar a un nepalí es que le confundan con un chino, pero con el tiempo se fueron acostumbrando y me aceptaron". A día de hoy muchos de sus compañeros siguen sin tener muy claro de dónde viene -hablan de Corea, Japón e incluso de Filipinas- pero las autoridades navarras le han convertido en un referente de integración y su nombre figura en los documentos educativos como ejemplo de capacidad de adaptación a una nueva cultura.
Pasang es desde luego una buena referencia en lo que se refiere a los idiomas -domina el sherpa, el hindi, el nepalí, el inglés, el castellano y algo de euskera- y tampoco le tiene miedo al esfuerzo. Durante estos años ha alternado sus estudios de electricidad con ocupaciones ocasionales en las vacaciones en un escenario hasta cierto punto familiar: el refugio de San Nicolás de Bujaruelo, punto de partida de las ascensiones a algunas de las cumbres más emblemáticas del Pirineo oscense. Al sherpa le gusta la montaña pero no la vive con la pasión de muchos occidentales. "He hecho varias ascensiones en el Pirineo aunque de momento no tengo intención de dedicarme a ello", dice mientras busca con su mirada complicidad en los ojos de su tutor, un reputado himalayista.
Con 20 años recién cumplidos -los hizo el día de Navidad-, Pasang no tiene claro si seguirá unos años más en España o si precipitará su regreso a Nepal, que es donde tiene intención de asentarse en el futuro. De momento ya se ha dado cuenta de que sus antiguos amigos nepalíes han dejado de tratarle como uno más. "Cuando voy allí se piensan que soy un occidental forrado de dinero", dice con una sombra de tristeza en sus grandes ojos negros. ¿Un europeo con raíces asiáticas o un nepalí impregnado de cultura occidental? A la espera de que resuelva el dilema, uno apostaría a que su sitio está en Apeztetxea (la casa del cura en euskera), un acogedor caserón medieval en el pequeño pueblo de Eguillor, a unos 20 kilómetros de Pamplona, donde reside desde que llegó por primera vez a España hace ya ocho años. Al menos aquí el mar -el enigmático 'samudra'- está bastante más a mano que en Nepal.

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