15 feb. 2011

Lionel Terray

¿Por qué subir montañas? Porque están ahí.
Lionel Terray

Nació en Grenoble en 1921, en una familia de intelectuales burgueses que no hacía pensar en la vida que Lionel llevaría en el futuro
Nació en Grenoble en 1921, en una familia de intelectuales burgueses que no hacía pensar en la vida que Lionel llevaría en el futuro. Desde muy joven se reveló como una promesa del esquí alpino y, de hecho, formó parte de la selección francesa en diversas competiciones internacionales -en 1960, por cierto, sería el primero en descender esquiando la vertiente norte del Mont Blanc-. Sin embargo, no fue sobre las pistas de esquí como se convirtió en referente para generaciones posteriores, sino como alpinista, escalador y guía de montaña. Junto con Gastón Rebuffat, representa el ejemplo de guía que siente la montaña y sabe trasmitirlo a otros. Su visión de la naturaleza y de la escalada ha quedado plasmada en su obra "Los conquistadores de lo inútil", un libro que, a pesar de los años transcurridos, devuelve al lector a la esencia del alpinismo y le implica a través de su sensibilidad y su honestidad.
Pero Terray también fue un pionero y un "fuera de serie" como escalador. Más allá de vías clásicas, traspasó pronto las fronteras de su país y se lanzó a escaladas que aún hoy día se consideran muy comprometidas, pero realizadas sin el apoyo tecnológico ni los materiales de los que hoy disfrutamos. Lo que hoy se considera "el futuro de las expediciones", la escalada en montañas técnicamente muy difíciles, basada más bien en el nivel de la vía elegida que en el hecho de alcanzar la cumbre, es precisamente lo que hizo Terray hace cincuenta años. Lionel se preocupó menos de ser el primero en hacerse con una cima, que en encontrar la clave para ascender montañas que, como la Oeste del Chacraraju, el resto del mundo alpinístico consideraba "imposibles de escalar".
 

 
Aunque a menudo escaló con el citado Rebuffat, su compañero de cordada fue Louis Lachenal. Perfectamente compenetrados en sus diferentes estilos, juntos comenzaron haciendo grandes vías de los Alpes, como la cuarta repetición de la Walker (1946), la primera repetición a la Norte del Eiger (1947) y la Cassin al Piz Badile (1948). Asombran a sus contemporáneos por la rapidez y la eficacia con que escalan.
Tras varias aperturas alpinas, compaginadas con su trabajo como guía de Chamonix (su fama crece tanto que se convierte en el guía más cotizado de la zona), en 1950 se ve inmerso en una aventura de tintes casi épicos: la expedición de Maurice Herzog al Annapurna, el primer ochomil conquistado. También épica será la ascensión y el papel jugado por Terray (y por Rebuffat), que renuncia a la cumbre para ayudar a Lachenal y Herzog.Desde ese momento, su campo de acción se extiende a las grandes cordilleras del mundo. En 1952, en los Andes (donde algunas de sus ascensiones las hace con clientes), escala por primera vez el Huantsan, el Nevado Pongos y nada menos que el Fitz Roy (haciendo cordada con Magnone), en una ascensión agotadora física y psíquicamente. A estas alturas ya es muy conocido por el gran público, pero no por ello deja de escalar. Al contrario, va acumulando viajes y primeras ascensiones a un ritmo sorprendente.Otra primera absoluta de renombre mundial fue la conquista del Makalu, con Couzy, en 1955. El año anterior había ascendido el Makalu II y el Chomo Lonzo. Sin bajar el ritmo, al año siguiente vuelve a los Andes para escalar el Nevado Soray, el Nevado Verónica, el Taulliraju y la "inescalable" Oeste del Chacraraju.El monte Jannu, un sietemil y uno de los picos aún hoy considerado como de dificultad extrema en el Himalaya, se le resistió al primer intento, pero volvió para vencer al "león durmiente" tres años más tarde, en 1962. Para Terray, hay un antes y un después de Jannu, que él consideraba la síntesis de la dificultad y la escalada más complicada que haría nunca.
 
Cara Oeste del Chacraraju, considerada "inescalable" hasta que Terray la abriera en el 56. 
Además de otras aperturas en Nepal y en Andes, en 1964 viaja a Alaska para escalar el complicado Monte Huntington. Aquella fue su última gran montaña. No tuvo tiempo de seguir acumulando aperturas, porque murió un año más tarde, escalando en una vía de dificultad media en una de sus escuelas favoritas: Vercors. Tenía 44 años. No llegó al día en que, como el dijo "viejo y cansado, encontraré la paz entre los animales y las flores, y(...) seré el simple pastor que añoraba ser en mis sueños de niño". Sin embargo hizo en una sola vida mucho más que muchos otros buenos alpinistas, en activo durante muchos más años. Sus escaladas tienen el sentido de lo extremo, de lo inalcanzable excepto para unos pocos genios de la roca y la nieve, pero también nos hablan de cumbres vírgenes, territorios inexplorados y de heroicos guías de novela con pantalones bávaros y piolet de mando de madera, meditando en la cumbre de unos Alpes aún solitarios.
 Fuente Barrabes

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