1 abr. 2009

Annapurna II

Una montaña de gestas y tragedias

El Annapurna fue el primer 'ochomil' ascendido por el hombre. Pero, desde aquel 3 de junio de 1950, también es el que menos alpinistas ha conocido en su cumbre. Una mezcla de dificultad y peligro han labrado durante este medio siglo la leyenda en torno a las paredes de 'La Diosa Madre de la Abundancia'. A continuación se recogen cinco historias vividas en ellas. No son, probablemente, las ascensiones o intentos más famosos que ha vivido el Annapurna, pero sí reflejan esta combinación de gesta y tragedia a la que se ha unido indefectiblemente esta montaña.

1950. Primera ascensión
Expedición francesa por la cara norte

Tras la II Guerra Mundial, Francia necesita recuperar su orgullo nacional. Y qué mejor forma de hacerlo que convertirse en el primer país en hollar un 'ochomil'. Una expedición con los mejores alpinistas galos del momento dirigida por Maurice Herzog parte hacia Nepal con el objetivo inicial del Dhaulagiri. Tras buscar un acceso a esta montaña y considerarla inescalable, Herzog redirige la expedición al cercano Annapurna, prácticamente inexplorado.

Con el monzón casi encima, el grupo explora la montaña con premura y elige para el ascenso la cara norte, una ruta peligrosísima llena de seracs y barrida por las avalanchas. Pese a todo, en apenas diez días instalan cinco campos de altura y dejan la ruta equipada. Terray y Rebufat, los dos mejores alpinistas franceses de la época, eran la cordada llamada a hacer el intento de cumbre, pero se habían agotado en la instalación de los campamentos, así que la noche del 2 de junio eran Herzog y Lanechal los que se encontraban helados de frío y apretujados en la tienda del campo V azotada por el viento y la nieve, a la espera de que amaneciera.

El relato de la épica ascensión –incluida la pregunta de Lanechal «¿Que harías si yo me doy la vuelta?" y la respuesta de Herzog "continuar solo»– y el dramático descenso es el núcleo del mítico libro 'Annapurna, primer 8.000'. Sin haber comido ni bebido, la cordada cimera asciende prácticamente como dos zombies y ya con claros síntomas de congelación. A las dos de la tarde del 3 de junio alcanzan la cumbre, pero lo peor está por llegar. El descenso dura tres días y roza la tragedia, con caídas en grietas, aludes y vivacs –dormir al aire libre– sin equipo. Herzog, afectado por gravísimas congelaciones, incluso pide que le dejen morir en la montaña.

Milagrosamente, todos salen vivos, pero las secuelas son imborrables. Para Herzog, la pérdida de sus veinte dedos y la fama nacional como el héroe de la expedición, que le llevó a ser ministro con De Gaulle. Para Lanechal, la amputación de los dedos de los pies, el ostracismo y el final de su carrera como guía de alta montaña en Alpes, hasta su prematura muerte en 1955 al caer en una grieta.
Fernando J.Pérez

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