9 abr. 2009

Frasinelli (y II)



Dibujos en el norte
Cuando llegó a Corao, en el concejo de Onís, bajo la sombra de la Asturias cimera, la aldea se conservaba exactamente igual a como la describió Madoz: “...en un ameno vallecito y en la carretera que desde el interior de la provincia conduce a la de Santander; el clima es templado y sano. Tiene 26 casas de mediana fábrica, con muchas fuentes de buenas aguas, y dos ermitas dedicadas a San Nicolás y a Santa Rosa de Viterbo. El terreno es de superior calidad, y se haya fertilizado por los ríos Güeña y Chico, que se reúnen más abajo de la población; en sus riberas se crían hermosos álamos y grandes alisos, habiendo en otros parajes multitud de castaños, abedules y otros árboles que proporcionan sitios de comodidad y recreo”.

Corao se extiende a ambos lados de la carretera. Entrando por la de Nueva, la primera a casa a la derecha, de buena piedra labrada, balcón en la fachada principal precedida por un pequeño jardín con verja, perteneció Roberto Frassinelli, y hoy la casa, medio en ruinas, lleva su nombre. Con 43 años y de la mano de Ramona, el alemán había encontrado su ventana al mundo. “Allí sentó sus reales, creando en la pintoresca aldea de Corao aquella casa modesta, con su jardín primorosamente cultivado y su cueva”, escribía Magín Berenguer.

Aún hoy, detrás de la casona, se encuentra dicho primoroso huerto, donde en su tiempo Frassinelli llego a plantar hasta treinta especies de manzano bajo cuyas copas, y esto es mitología que se relata en las noches que lo merecen, el célebre Cuélebre salía de su cueva para esparcirse a la luz plateada de las estrellas.

En un saliente rocoso, más allá del muro que cerca el huerto, se abre la cueva que según la tradición acogió a aquel inquilino voraz, una mezcla de dragón alado y serpiente, de piel blindada por escamas, salvo debajo de las barbas, que envejecía como cualquier mortal y que fue engañado por los lugareños asustados que a la voz de “Abre la boca, culebrón, que ahí te va el boroñón” dieron el cambiazo a su ofrenda de pan y carne por una piedra calentada al rojo. En otras líneas fue un cura quien lo abatió a trabucazos. Pero los oscuros mitos, lejos de alejar a Roberto Frassinelli de la cueva, lo sedujeron y allí, “como acogedor y natural gabinete”, el alemán estableció su estudio y todavía, en este extraño y alejado 2008, se puede visitar la mesa sobre la que trazó esbozos y proyectos como el de la Basílica de Santa María la Real, construida entre 1877 y 1901 por Federico Aparici, a quien Frassinelli cedió el testigo de la construcción por “la falta de experiencia en el arte arquitectónico”. Eso sí, el “alemán de Corao” pudo dirigir las obras de la Cripta. Las lechuzas y otras aves de los astros observan de noche la caliza rosa de la Basílica, una de las inspiraciones más destacadas de Frassinelli, por encima de otros diseños en Covadonga como el de Camarín de la Cueva (desmantelado en 1938) o el de la Capilla del Campo del Collado.

Como dibujante, y por mostrar un botón, también colaboró con Amador de los Ríos en su obra "Monumentos arquitectónicos de España".

Durante sus treinta años de estancia en Asturias ganaría impulso otra de sus facetas superlativas, la de arqueólogo, con la que hizo méritos, como socio de Sebastián de Soto Cortés, descubriendo el Dólmen de Abamia, una piedra que los historiadores no han sabido situar con claridad. La excavación realizada por Frassinelli y Soto Cortés proporcionó "cráneos, fusaiolas, hachas de piedra pulida y algunos objetos más"... Entre estos dichos objetos contaban los paisanos un puñado de "bolitas especiales, de barro y como naranjas, con una agujerito en cada polo", según refiere Constantino Cabal. El Dolmen se trasladaría al Museo Arqueológico de Madrid.

El alemán de corao
Evaristo Escalera, en “Recuerdos de Asturias”, relata un viaje a Corao para visitar a Frassinelli, aunque el nombre del alemán no aparece en los escritos: “Después de media hora de camino, constantemente cobijados bajo la sombra de aquellos árboles, nos detuvimos en un pueblecito compuesto por media docena de casas, desparramadas en un valle de aspecto risueño y pintoresco. Detuvímonos ante un portón que daba entrada a una huerta y echamos pie a tierra. Estábamos a las puertas de la morada que el extranjero había escogido para su residencia. Mr. S… (Frassinelli) levantó el aldabón, empujó la puerta y nosotros marchamos en su seguimiento. Nos encontramos dentro de un reducido pero excelente jardín, donde se respiraba una atmósfera embalsamada». Escalera se asombraría de la misma manera con los “vastos conocimientos” del alemán y con su café templado y limpio, y seguiría: “Mr. S... honrará de seguro el país que elija por segunda patria y nosotros nos felicitaríamos de que Asturias detuviera su planta y le encadenara a sus montañas por medio de sus costumbres sencillas y sus grandes recuerdos”.

Frassinelli fallecería en 1887, trasladándose su cuerpo al pequeño y umbrío cementerio junto a la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, ahora abandonado a las enredaderas y a los susurros. Luego, el “alemán de Corao” recibiría más ilustre sepultura en el interior de la iglesia, donde según un fabulador texto del “Libro de los Testamentos” reposaron el primer rey de la Monarquía asturiana, Pelayo y su esposa Gaudosia, durante quinientos años antes de ser trasladados a Covadonga.

Los lugareños dieron a un punto del macizo del Cornión, en la ruta al Lago Enol, el nombre de “El pozo del alemán”, un rincón escogido por Frassinelli para sus meditaciones, rodeado de las hayas y sus ecos y custodiado por los cuervos del cielo.

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