16 abr. 2009

Henry Rusell (1834-1909)


Hace unos años escribí en estas mismas páginas el artículo "Henry R­ussell, el enamorado de los Pirineos" en el que, a partir de la publicación del libro "Yo, Henry Russell" (Prames, 2005), de Alberto Martínez Embid, me referí a los aspectos más destacados de la vida del ilustre pirineísta francés. Con motivo del primer centenario de su muerte, haré aquí un breve resumen de algunos datos biográficos del excéntrico y polifacético montañero y escritor.

Henry Russell-Kilough nació en Toulouse en 1834 en el seno de una familia aristocrática. Era hijo de padre irlandés y de madre francesa y poseía el título de conde. Tras una juventud aventurera en la que viajó por todo el mundo, a finales de 1861 fijó su residencia en la localidad francesa de Pau. Desde allí desarrolló una febril e inagotable actividad montañera que le llevó a recorrer sin descanso la cordillera pirenaica en toda su extensión.

Ataviado con una llamativa indumentaria, con sus botas de clavos y su bastón de madera de fresno, se lanzó a la conquista de los Pirineos y a escribir después sobre sus múltiples andanzas y aventuras. Russell pasa por ser el inventor del saco de dormir, que en realidad copió de un aduanero español a quien vio pernoctar envuelto en un saco hecho con la lana de varias ovejas. Tomándolo como modelo, se hizo fabricar uno igual con las pieles cosidas de seis corderos. Al parecer lo probó una gélida noche en la cima del Aneto. También se dice de él que fue el iniciador de las ascensiones invernales a las cumbres pirenaicas. Eran asimismo famosos su apetito voraz, su poca afición a madrugar, su gusto por el "chartreuse", el ponche y los cigarrillos y su costumbre de hacer noche en la cima de los picos a los que ascendía.

Después de recorrer casi todas las montañas de los Pirineos, se obsesionó con una de ellas: el Vignemale, denominada Comachibosa en Aragón. La subió treinta y tres veces y logró una simbólica concesión de propiedad sobre doscientas de sus hectáreas en las que mandó perforar hasta siete cuevas, bautizadas con nombres como Ville Russell, Belle-Vue, Paradis o Cueva de las Damas.

Tras largos años de descomunal esfuerzo montañero, las fuerzas del conde comenzaron a decaer y una enfermedad incurable le obligó a retirarse a Biarritz, donde siempre había pasado temporadas de descanso. Henry Russell murió a principios de febrero de 1909 a los 75 años. Su cadáver fue trasladado a Pau, en cuyo cementerio fue enterrado en el panteón familiar. En 1901 el gobierno galo ya le había concedido la Legión de Honor. Tras su muerte, diversas calles y plazas francesas recibieron su nombre en Lourdes, Luchon, Tarbes, Toulouse, Biarritz o Bagnères-de-Bigorre. En España, en el macizo de la Maladeta, el pico que él denominó Pequeño Aneto, conocido también como Tuca del Cap de la Vall, pasó a llamarse Pico Rus­sell, aún en vida del insigne montañero y escritor.

Paralelamente a su pasión excursionista, Russell desarrolló una destacada actividad literaria y se convirtió en cronista de sus propias gestas. Escribió numerosos libros, colaboró en diversas publicaciones montañeras y recopiló artículos y trabajos que sirvieron de base para su magna obra y gran legado literario "Souvenirs d"un montagnard", cuya edición definitiva apareció en 1908. Del libro hay una edición resumida en español ("Recuerdos de un montañero", Editorial Barrabés, 2002). Russell contribuyó también a la creación de varios clubs alpinos o sociedades de montaña e impulsó la construcción de algunas cabañas que fueron embrión de futuros refugios.

Henry Russell es una figura legendaria del pirineísmo de la segunda mitad del siglo XIX. Con motivo del centenario de su muerte, la sociedad francesa de Les Amis du Livre Pyréneen ha editado dos obras suyas hasta ahora inéditas en dos lujosas ediciones. Se trata de "Deux semaines dans les Pyrénées (de Luchon à San Sebastián)" y "Pau, Biarritz, Pyrénées", a partir de las versiones originales de 1868 y 1890 respectivamente.

Desde este lado de la cordillera pirenaica que él tanto amó, también queremos recordar a Henry Russell cuando se cumple un siglo de su desaparición.

Carlos Bravo

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