29 may. 2009

Desde el Kangchenjunga hasta Katmandú


 
Alberto Zerain nos narra las últimas vivencias desde que ascendió el Kangchenjunga hasta su llegada a Katmandú. El texto fue escrito el día 27 por el propio montañero desde el hotel de Katmandú donde se encuentra.

LLEGA EL HELICÓPTERO
Resumir todas las vivencias que he pasado el día antes de cumbre y después de coronarla y bajar al campo base, me resulta algo complejo pero digno de hacer el esfuerzo para contarlo y compartir penas y glorias con los que siguen esta página cargada de sentimientos que afloran sin ataduras, cuando uno se pasea por los espacios que anulan la condición humana.
Por eso, desde esta cama del hotel de Katmandú donde estoy postrado, con Koke Lasa adormecido en la cama de al lado, las imágenes de días pasados brotan en mi mente y no queda otra que intentar hacer diana con los dardos de la palabra para expresar semejantes días que iban revistiendo una situación que nadie se imaginaba.
En primer lugar, cómo no, “el día de cumbre”. En una montaña tan alta como el Kangchenjunga, tan compleja como ella misma y tan selecta como para que sólo, unos pocos elegidos puedan mirar desde lo alto, me resultaba sospechoso que no pasara nada en el ataque a cumbre que se realizó el día 18 de Mayo y en el que tomaron parte todos los que estaban en el campo 4, a excepción de Miguel Fernández y yo, que lo quisimos dejar para el día siguiente.
A pesar de que la montaña estaba completamente domesticada, ya que los más de tres mil metros de cuerda colocados por sherpas coreanos, habían amansado a la fiera, algunos de los que iban llegando a la cumbre no midieron las consecuencias que podría tener llegar a la cima, demasiado cansados y sin respetar las reglas básicas de cualquier ochomil.
En este caso hubo suerte. Se activó la alarma y llegaba a nuestro walki desde el campo base. Nos pedían que saliéramos a ayudar al equipo de “al filo” porque algunos estaban en serias dificultades y se temían lo peor. Justo cuando salimos a las siete de la tarde hacia arriba, Koke y Patxi, de nuestra expedición, llegaban agotados al campo 4, habiendo renunciado a la cumbre a unos cien metros.
En fin, como he dicho, hubo suerte. Los fuimos encontrando descendiendo por la cuerda fija por sí mismos y vernos llegar y ofrecerles bebida y ayuda, les sorprendía. Todos pensaron que estábamos atacando la cima.
Lo normal hubiera sido que este tipo de imprudencias de los del campo base que dan el aviso o de los que vienen de cumbre, me hubieran hecho desistir a la cima. Finalmente, como persona de recursos, continué hacia la cumbre. Para ello, le pasé a Miguel la botella de oxígeno que nos habíamos agenciado de una expedición americana que esa misma noche atacaría la cumbre, y sin bebida, sin la cámara de video y con la cámara de fotos congelándose en la tapa de la mochila sin saberlo, continué a las diez de la noche, lo que en estos momentos, es difícil arrepentirse por las consecuencias que me ha traído. Miguel fue más listo y no decidió acompañarme. La cumbre ya la había conseguido por el gesto de salir sin pensárselo a socorrer a la gente.
Pasé la peor noche que os podéis imaginar por el frío. No podía satisfacer los deseos de ir más deprisa para que el cuerpo se calentara. Tenía que ir tranquilo y parándome muchas veces para no llegar de noche a la cumbre. Hubo algunos momentos en los que quise darme la vuelta porque la mordedura del frío iba más que en serio. Si me daba por pararme un poco más de cualquier límite, notaba que los ojos se me cerraban y que el cuerpo se mecía en una especie de sueño, que de seguir su antojo, ahora estaría como un gendarme helado saludando a los que pasasen por ahí.
Finalmente, conseguí llegar a la cima poco después del amanecer. Recién me enteré que la cámara de fotos, de tenerla, estaría en la capota y de aquella manera. Como no me funcionaba en la cima llamé a Aitor para que quedara constancia de la llamada. Tras un cuarto de hora metida la cámara en las partes calientes empezó a funcionar. El americano que estaba ascendiendo con oxígeno y sus tres sherpas, se cruzaron conmigo cuando bajaba de la arista cimera. A partir de ese momento, escapé de ese tormento de pisar cumbre al amanecer y corrí despavorido hasta el calor del campo base. Antes, tuve que rellenar la mochila con todo lo que cabía y que estaba por los diferentes campos de altura, 20 kilos pasados.
Atrás quedaba la mole riéndose de todos los que habíamos osado conquistarla como si fuera una simple montaña más. En un acto de generosidad, mantuvo en calma sus vientos, siempre tan inquietos, y obsequió a todos un sol espléndido que permitía a la gente que transportada su pesado cansancio, largas sentadas en la nieve, en definitiva, seguir el ritmo que la montaña había dejado a cada uno en el cuerpo.
Al campo base no llegó nadie de los que habían hecho cima el día anterior o lo habían intentado, hasta dos o tres días después. El agotamiento y la enfermedad se habían cebado con los que iban descendiendo, bien de nuestra expedición, o de otras diferentes. El Kangchenjunga, la cumbre no pisada, había pisado a la mayoría, entre ellos a mí mismo. Cuando me quité las botas descubrí mis pies doloridos y las marcas que la noche anterior habían causado en los dedos. Nada como para alarmarse demasiado pero que desde ese mismo momento había que empezar a tratar e incluso sopesar la posibilidad de ser evacuado en Helicóptero.
VOLAR TAN ALTO Y QUEDARSE EN TIERRA
La montaña siguió portándose bien y permitió que nuestra expedición al completo estuviera a salvo en el campo base. Sin embargo, las heridas que la montaña nos había causado a algunos, nos obligaban a valernos de nuestro seguro e intentar ser evacuados del campo base. Koke y yo activamos la emergencia y al parecer al día siguiente mismo vendrían a recogernos en helicóptero.
A las seis de la mañana apareció del cielo un helicóptero que se llevó a Kinga y a Oriol. El nuestro, nos habían dicho que antes de las ocho estaría para llevarnos. Tras tres horas de ilusionada espera, las nubes que entraron nos conminaron a subir de nuevo los doscientos metros de altitud que separan este punto de nuestro campo base. La ampolla de uno de mis pies con este paseo acabó reventándose. Koke subió como pudo acompañado de sus pies doloridos y el poco garbo que la montaña le había dejado. Mala suerte, pensamos, mientras hablamos con los compañeros que habían volado a la mañana y que estaban ya en el hotel de Katmandú. Al día siguiente repetimos la operación de bajar y tras dos horas de ansiada espera tuvimos que volver sobre nuestros pies. “Paciencia, mañana, lo conseguiremos”, me dije para mí. Sin embargo, Koke a partir de esta bajada y posterior subida fue cambiando hasta volverse irreconocible. Su expresión, hablaba por sí misma, ya que mostraba que algo en su interior no marchaba bien, a parte de estar tocado por congelación y dolores en general. Su carácter se volvió irritable hasta decir basta y empezó a quejarse de que apenas podía respirar por unos dolores en el costado. Una vez que se instaló en el saco, nos pidió algo que hiciera de cojín porque no podía estar tumbado. Le llevamos una maleta y así, en esa postura, sin levantarse para cenar pero atendido por cualquiera de nosotros a lo que necesitara, pasó la noche entera.
A la mañana siguiente el día se presentaba prometedor, por lo que me volví a levantar antes de las cinco y desperté a Koke. Esta vez, bajamos con la ayuda de cuatro, todos atentos para cuidar en la bajada al maltrecho Koke. Además, la bajada tenía una capa de unos ocho centímetros de nieve. Aquí se nos cayó el alma al suelo cuando oíamos helicópteros por el valle abajo y Antonio, de la compañía de seguros, insistía en que la máquina estaba a punto de llegar. Cuando parecía que ya lo veíamos, la niebla se echó al completo y nos aguó la fiesta de nuevo. Una vez llegamos a nuestro campo, - el único que quedaba dando la nota en todo el espacio donde días antes relucía un surtido colorido de tiendas -, comenzamos a indagar lo que Koke pudiera tener. Llamamos a Ramón Gárate y por los síntomas podría tratarse de un neumotorax. Al momento comenzamos a medicarle y así esperamos resultados de mejora que sutilmente fueron apareciendo. Koke, comenzaría a ser tratado como una máquina cuando se le va parcheando para que vaya tirando hacia delante.
El cuarto día no nos planteamos ni tan siquiera bajar puesto que la climatología hablaba por sí misma. Además, en la mañana Koke, lucía su peor rostro que invitaba al nerviosismo y a actuar con contundencia para frenar lo que pudiera estar padeciendo.
Tras hablar con los médicos de la compañía de seguros y comentarles que probablemente Koke estuviera sufriendo un edema pulmonar, y debíamos meterlo en la cámara hiperbárica pero no podíamos hacer que estuviera echado, nos fueron indicando qué tipo de medicina había que suministrarle para conseguir tumbarlo dentro.
Tras varias sesiones dentro de la cámara, Koke fue resucitando a pesar de las fugas que el viejo aparato de Óscar Cadiach, tenía. Entre parches de chicle y pegotes de cinta americana, la vida abrazó al pobre Koke.
Esa noche, por fin, nos metimos más tranquilos al saco olvidándonos del helicóptero. Esa noche misma, comencé a sentir que los ganglios de ambas piernas se me hinchaban y que una infección me iba dejando fuera de combate. Volví a hablar con el médico de la compañía y me sugirió qué medicina podía tomar, tanto para el dolor como para la infección.
Esa noche, para qué dejarlo para otra ocasión, comenzó un ciclón que se originaba en el Golfo de Bengala y de paso nos visitaba para no sentirnos solos en el campo base. Las ráfagas de viento sacudían una y otra vez la tienda y dábamos gracias a Dios por no salir volando, cosa que por otra parte, tanto ansiábamos.
Esa noche nuestro compañero, Óscar Cadiach, estaba aislado en el campo 3. No quiero ni pensar qué sensaciones recorrían su cuerpo. Óscar, el ciclón y el Kangchenjunga: una compañía perfecta para marcar un antes y un después en la vida de cualquier persona.
Y amaneció. El viento llamaba una y otra vez a la puerta. A pesar de su insistencia, sólo le hice caso a las doce del mediodía, y al salir, el metro y medio de nieve que había caído y la ventisca que todo lo envolvía, me hicieron retroceder sin lograr llegar a la tienda-comedor, donde el equipo. A las cuatro de la tarde pude conseguirlo, el viento había amainado y sólo seguía cayendo copos ordenados e inofensivos de nieve.
Cuando ya todo se nos ponía en contra y comenzábamos a revelarnos contra nuestro destino cruel, un nuevo día nos trajo todo lo que habíamos necesitado: Óscar, el helicóptero y hasta la sonrisa.
Ya en la clínica, nos han examinado, primero el médico nepalí y después, por suerte, una pareja de médicos españoles que Oriol había conocido: José Ramón Morandeira y María Antonia Nerín. Ambos expertos en congelaciones y que han tomado parte como médicos en la expedición al Manaslu de Carlos Pauner. Lo primero que me ofrece el médico nepalí es quedarme unos días para someterme a cirugía quitándome la ampolla que envuelve la congelación. El doctor Morandeira me explica lo que yo ya sé, precisamente ese envoltorio del dedo que es la ampolla, es la verdadera protección. Así que los doctores españoles convencen al nepalí para que haga las curas en el hotel y que ellos me observarán la evolución.
Con respecto a Koke, después de la revisión y placas de las vías respiratorias, el edema y un pinzamiento en la zona aparecen bien visibles. No obstante, los médicos recomiendan reposo en el hotel.
Por la tarde, nos visitan para ver sobre todo la evolución de Koke. Al ver que padece fiebre y que está pachucho, le someten a un análisis exhaustivo y viendo los datos que va dando en las diferentes pruebas, le van suministrando inyecciones y medicamentos. Ahora, un día después, recién empieza a cambiarle la cara y en esas nos encontramos ahora.

Más información en http://www.albertozerain.com.

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