21 jul. 2010

César Pérez de Tudela

 El éxito entusiasma, enardece y levanta el alma. ¿Pero la tristeza del fracaso también?
 Por CÉSCAR PÉREZ DE TUDELA*

He regresado precipitadamente del las soberbias montañas del Tien-Shan, a las que había marchado -lleno de temor y a la vez de optimismo- pretendiendo alcanzar la cima del Khan Tengri, uno de los más emblemáticos “sietemiles” de la Tierra, sirviendo de apoyo cómo guía alpino a la expedición de la “Asociación Española de Alpinistas con Cáncer” y promovida por la generosidad del alpinista José García Romo, quién con este gesto pretende llevar ánimos a quiénes sufren la temida enfermedad, superando él mismo su grave dolencia.
He vuelto maltrecho y enfermo tras los esfuerzos realizados, cuidado y atendido por los mismos a los que yo pretendía ayudar, como justo castigo de mi imprudente perseverancia en esta preciosa locura del alpinismo.
He sobrevivido a una horrible y larga noche, dentro de una pequeña tienda que la nieve cubría, en lo alto del glaciar Inylchek, al lado de la impresionante pared de mármol rosa del Khan Tengri, uno de los parajes más alejados del mundo. Una noche en la que he estado sobreponiéndome a la muerte a cada instante, en un infinito calvario, víctima de un episodio cardiaco que aún no sé cómo ha podido resistir mi gastado y herido corazón.
Tras haberme resistido al viaje al “más allá”, en el amanecer, tuve que levantarme y recorrer doce kilómetros de glaciar, saltando peligrosamente las grietas ocultas por la copiosa nevada, escoltando por dos leales compañeros, José y Alberto. Allí no había unidad de vigilancia intensiva “uvi”, ni enfermeras con bata blanca, ni camas hospitalarias bajo el Khan Tengri, en su lugar, frío, nieve, cansancio agotador y precipicios. Solo un camino para abrir en los hielos del glaciar.
Otra dura lección en esta azarosa y fascinante existencia, en la que he podido sacar esa fuerza oculta que todos los hombres de cualquier condición mantenemos en la hondura del ser.
Días después he podido ser evacuado en un helicóptero del Ejército ruso por gestiones de la Federación Madrileña de Montañismo y de la Mutualidad General del CSD. ¡Gracias por ello! Viajando al lado de la majestuosidad de aquellas cimas y perfiladas aristas iba pensando que dejaba solos en su bondadosa misión a mis esforzados compañeros. Entre Kazajastán y Kyrgyzstán he podido sentir el calor del sol y de la vida que llegaba en la compañía de Anastasia, la mujer rusa esposa de García Romo, comisionada para ayudarme en la ciudad de Bishkek, capital del país, en donde evité ser internad para hacerlo si fuera preciso en Madrid. Gracias nuevamente a la Federación M. de Montañismo y la Mutualidad General Deportiva.
He aceptado otra vez el fracaso en esa esforzada vida de ilusiones. La vida de los alpinistas es como la misma vida, un drama, que siempre tratamos de ocultar y que no siempre termina en tragedia. Sigo vivo. Y seguiré luchando por estos “irracionales” ideales que solo son belleza y luz.
¿En qué otra actividad mítico-deportiva hay tanta vida y tanta muerte cómo en el alpinismo? Sólo ello explica sus valores, su inmaterialidad, su mística y al fin su metafísica.
Me seguiré sometiendo a cuántas atenciones médicas sean necesarias para tratar de recuperar algo de aquellas facultades físicas, que a lo largo de mí dura y larga existencia, la ilusión por ser y los entrenamientos, me habían otorgado. También sé qué los años han pasado inexorables dejando cicatrices por tantas esforzadas luchas.
Y debo decir también a quiénes este humilde artículo leyeren, que no hay reflexión más honda que la de estos alpinistas entusiastas, quizás no racionalistas o “trans-racionales” cómo diría Ortega, o el mismo Nietzsche, los que pretenden llegar a la cima del Khan Tengri sin porteadores, sherpas o cualquier infraestructura, para alegrar y animar a esos niños del Hospital “Doce de Octubre” de la Comunidad de Madrid que quieren superar ese cáncer que los separa de la vida. ¿Qué mejor estímulo que la ilusión?, cómo dijo Gregorio Marañón. Esos niños esperanzados que han estampado sus pequeñas manos limpias sobre la bandera que mis compañeros dejaran en la cumbre. Mis compañeros que no son famosos deportistas, pero sí campeones de la superación y de la vida, los que invierten, sin ayudas o patrocinios de ningún orden sus mermados ingresos en la misión. La vida solo es una misión de la conciencia.
Al fin queda así al descubierto la esencia idealista que persigue la bondad en el deporte, lo que muy pocos conocen.
Esencia que no tiene que ver con los éxitos brillantes de gratificaciones millonarias y conmemoraciones apoteósicas.
¿El éxito junto a la fe, la gratitud y la felicidad, pueden disolver la enfermedad? ¿También el fracaso puede ser energía y el hombre lo qué piensa? Muchas Gracias a todos los medios y a tantas personas que se han preocupado por mí. El fracaso también levanta el alma.

Publicado en El Mundo.es

*César Pérez de Tudela es alpinista, licenciado y Doctor en Ciencias de la Información. Abogado de la Real Academia de Doctores de España. Medalla de Oro de la Real Orden del Mérito Deportivo. 

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