25 oct. 2010

Cabeza del Arco

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países.
Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.
El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:
—Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos.
Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:
—¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?
Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:
—Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!
En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.
Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:
—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz no tiene camisa.
Liev Nikoláievich Tolstói

Poco hace falta para caminar, para pasar un día de monte estupendo, relajado. Día de fotos y setas, que estamos en época y los prados están repletos de las más variadas especies. 
Ruidos del bosque, otoño ocre y luz suave. Algo de brisa, cielo azul, niebla matinal y durante casi todo el día el rumor del agua en los arroyos, en las fuentes y en el barro del camino que se mezcla con las hojas recién caídas de las hayas. ¡ Esto es la felicidad !. También otras cosas nos inspiran este sentimiento, pero este conjunto de naturaleza, ejercicio tranquilidad y paz, es lo más cercano a un mundo perfecto.
Partimos de la plaza del pueblo de Caleao (717 m.) donde se encuentra el panel de inicio de esta ruta (P.R.-AS 124); tomamos un camino a la izquierda que, cruzando el río y en suave ascenso, se adentra en la reguera de La Pasera. El camino discurre entre prados y bosques, siempre con el río a la izquierda hasta llegar al puente de madera de La Campa. Hay que seguir siempre la pista principal, desechando todos los senderos a derecha e izquierda hasta llegar a La Porquera donde hay una cabaña. Desde aquí, entre hayas, remontamos el valle de Xulió. Pasaremos una portilla que, entre dos peñas, cierra el valle. En breve ya veremos las primeras cabañas de la mayada de Xulió donde es posible ver rebecos y venados.

Dejamos la mayada, seguimos de frente, en dirección al valle, quedando un muro de piedra a nuestra izquierda. Tras pasar la última cabaña, cruzaremos el cauce del arroyo. Frente a nosotros veremos los restos de una cabaña.
 Cuando el valle se abre, el sendero gira a la izquierda para subir una empinada cuesta que, por un frondoso hayedo, llega a la Collada l’Arcu, lugar que da vista al Mayau de Pandellina y al inicio del desfiladero de Los Arrudos. Desde aquí, a nuestra izquierda, ya vemos el pico, sólo nos queda subir por un sendero jitado que nos llevará hasta la cumbre. Debemos subir desviándonos un poco hacia la derecha para evitar los primeros farallones rocosos y entrar por mejor terreno sin enriscarse. La cumbre es un buen mirador de las montañas de Redes, en especial del cercano Retriñón.

De vuelta en el collado, la bajada se realiza hacia el Este para internarnos en el valle de Pandellina.
 Tras cruzar la mayada, el descenso se acentúa a medida que nos acercamos al valle de Los Arrudos.
 En cierto momento, el sendero se estrecha al paso por una pequeña foz.

 A partir de aquí la senda inicia un fuerte descenso en zigzag hasta el Mayáu del Felgueru, donde sólo queda tomar la pista hormigonada que, al lado del río de los Arrudos , llega de nuevo hasta Caleao.




Texto de descripción de la ruta GM Torreblanca

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