5 jul. 2009

La mujer ochomil

La montaña le ha dado lo peor y lo mejor. de muy joven decidió convertir su vida en un desafío a la naturaleza. ahora edurne pasaban acaricia el sueño de ser la primera mujer en escalar los 14 ‘ochomiles’. le faltan dos. por el camino quedaron heridas, amigos y una depresión que pudo dejarle k.o.

Estábamos a 7.450 metros, como a unos 200 metros de desnivel respecto al campo III. Un rato antes noté que Edurne tenía un poco de debilidad, así que le quité la mochila y me la puse yo. Al poco, ella empezó a dar tumbos hasta que se quedó sentada. Me acerqué y me hablaba muy raro. Yo me dije 'buuuf...'. Ferrán Latorre y yo llamamos por walkie-talkie al médico de la expedición y nos dijo que le diéramos una pastilla de un miligramo de Fortecortín por si tenía un inicio de edema cerebral. Ella empezó a decirnos: 'Dejadme aquí, me quiero morir'. Le dimos el medicamento y a la media hora empezó a reaccionar. Hacía un día buenísimo, pero en ese momento se puso a nevar, a soplar muchísimo viento, frío... Abandonamos las mochilas y empezamos a arrastrarla por la nieve, a llevarla a hombros... una locura". Álex Txikón, vizcaíno, 27 años, y con seis ochomiles en sus piernas, relata así los momentos más duros de la última hazaña de Edurne Pasaban, la cima del Kangchenjunga, la tercera más alta del planeta. Tras poner sus pies sobre los 8.586 metros de esta montaña situada en la cordillera del Himalaya, entre India y Nepal, la alpinista guipuzcoana se convirtió en la mujer que más cerca tiene el reto que ninguna otra ha logrado antes, subir los 14 ochomiles de la Tierra. Pero a punto estuvo de no regresar para contarlo.

Sólo le faltan dos cimas, el Shisha Pangma y el Annapurna, situadas en Tíbet y Nepal, respectivamente. Además de ella, otras cuatro mujeres buscan cerrar el círculo. La austriaca Gerlinde Kaltenbrunner, con 12 y actualmente en el K2 tratando de añadir uno más a la lista, está empatada con su amiga Pasaban. Juntas han subido dos de esas cimas, el Broad Peak y el Dhaulagiri. La italiana Nieves Meroi (11) y las coreanas Eun-Sun Oh (11) y Mi-Sun Go (10) les persiguen. La que logre la gesta pasará a la historia. De momento sólo lo han conseguido 16 personas, todos hombres, entre ellos dos españoles que curiosamente son, como Edurne, del País Vasco: Juanito Oiarzabal y Alberto Iñurrategi. Ambos han pagado el peaje de los grandes alpinistas. Oiarzabal, quizá el mejor himalayista de la historia (es la persona que más ochomiles ha completado: 23), pagó un precio muy alto hace cinco años en su ascensión al K2. Desorientado y agotado, cayó desplomado de madrugada a sólo 50 metros de las tiendas del campo IV del segundo pico más alto del mundo. Lo encontraron en la oscuridad y lo salvaron de la muerte. Pero los 10 dedos de sus pies, congelados e irrecuperables, se los tuvieron que amputar. El drama para Iñurrategi fue infinitamente mayor, con la muerte de su hermano Félix delante de sus narices en el año 2000. Tras coronar juntos su duodécimo ochomil, el Gasherbrum II, de 8.035 metros, Félix tropezó y cayó por un barranco de 400 metros.

Así de extremo es este deporte. Edurne Pasaban (Tolosa, 1973) también ha sufrido para llegar donde está ahora. En su cuerpo, en su mente y en la pérdida de amigos. Con ella hablamos en Zaragoza, en Zizurkil, en Madrid, en Barcelona... La seguimos durante dos semanas, acompañándola al ritmo de su ajetreada agenda. Es una mujer alta y fibrosa. Habla con soltura y gesticula. No se da importancia a sí misma y los que la conocen hablan muy bien de ella. Es generosa y dispuesta.

Ella misma nos cuenta algunos de los momentos clave de su carrera. Como en 2004, en el K2, cuando padeció las congelaciones más graves que terminaron con la amputación de dos dedos de sus pies. O como cuando al volver a casa, una depresión la tuvo apartada de su deporte durante más de un año. O como cuando escalando en Pirineos en 2007 junto a su primo Asier Izagirre vieron cómo tres de sus mejores compañeros se despeñaban y fallecían. "La montaña me ha dado lo mejor y lo peor, que es lo mismo. Me ha dado los mejores amigos, pero también me ha robado los mejores amigos", confiesa. "Hay quienes nos critican que por qué hacemos esto, que por qué nos jugamos la vida. Yo creo que la vida te la juegas cada día, subiéndonos en un avión o montándonos en un coche. Es verdad que compro más boletos porque me voy al Himalaya y subo ochomiles. Pero me compensa, soy feliz. Todo tiene un punto de locura en la vida, si no, no haríamos nada". Es la filosofía de esta mujer, de trato cercano y simpático. Una mujer tozuda, trabajadora y que, comentan, no sabe decir no. "Es demasiado activa. Tiene que calmarse un poquito. Es como su madre. A todo dice sí y luego no llega", señala Sergio Pasaban, su padre. Quizá por eso cuenta desde hace un año con la ayuda de un manager. Ignacio Delgado le ordena la vida: "Estoy seguro de que ahora, con toda la presión mediática que está aguantando, le hubiera dado un ataque de ansiedad". Ella asiente: "Nos da tranquilidad a mí y a mi familia".

"Es muy maja, aunque a veces se endereza un poquito... pero porque nos desmadramos. Se porta muy bien con todo el mundo y ayuda mucho a la gente de Nepal (Edurne colabora con una ONG para niños del Himalaya). Hay otros himalayistas que no hacen nada", señala Txikón. "Es muy sufridora, yo no podría sufrir tanto", cuenta Latorre, el encargado de grabar todas las imágenes de las ascensiones para Al filo de lo imposible (el mítico programa de Televisión Española) desde 1998. Tanto a Txikón como a Latorre, Pasaban les debe la vida por su ayuda en el Kangchen, como le gusta abreviar a la tolosarra: "La cabeza me funcionaba muy bien. Pero estaba supercansada. Me tumbé. No podía más. Pensaba: 'Edurne, levántate, pobre Álex, pobre Ferran, que te están arrastrando, levántate, no seas egoísta, no seas mimosa, que les estás dando el día'. Pero nada. Intentaba levantarme, ir a gatas... era imposible. En esos momentos de contradicción entre cuerpo y mente te dices: 'Qué inútil". El camino del campo IV al III duró ocho horas, cuando lo normal hubieran sido dos. A punto de desfallecer, escupiendo "sangre y trozos de carne" por culpa de una fuerte bronquitis, según relata la montañera, Txikón tiró del carro. Y hasta le prestó los guantes, sufriendo él congelaciones: "Es un momento al límite de tus fuerzas. Se te pasa todo por la cabeza, pero tienes tu vida en juego y sólo piensas en cómo sacar adelante la situación". Edurne también las tuvo, en su mano y pie derechos, sin consecuencias fatales. "Accidentes de trabajo", define divertido Kiko Arregi, neurocirujano y el mayor especialista en congelaciones de España. En su despacho de la Clínica MAZ de Zaragoza cuelgan decenas de fotografías dedicadas. Todos los grandes montañeros han pasado por aquí desde la década de los ochenta. Edurne incluida.

Tras un descenso al límite hacia el campo III, la alpinista vasca llegó a las tiendas. Allí se le suministró oxígeno: "Seguramente lleguen críticas por esto", señala. Sabe que algunos dirán que ha subido con ayuda de O2, con lo que su cima perdería valor simbólico. Ella se defiende: "Los médicos me dijeron que tenía riesgo de fallecer. Estaba asustada y lo que importaba era vivir y salir de allí. Considero que he subido el Kangchen sin oxígeno, porque he llegado y bajado de la cumbre sin oxígeno. Sólo cuando me salió una enfermedad tuve que poner remedio". Una cámara de Al filo grabó su llegada al campo base, en la frontera de sus fuerzas. A los pocos minutos, dentro de su tienda y con un hilo de voz imperceptible, reconoce: "Gracias a todos, a mi equipo, porque si no, no estaría aquí".

Edurne sufrió otra situación grave en mitad de la nieve. Fue en 2004, bajando el K2, en el mismo descenso en el que Juanito Oiarzabal casi no vive para contarlo. Allí, Pasaban padeció las peores congelaciones de su carrera y perdió dos dedos de los pies. No fue un precio excesivo. De los 14 ochomiles, el K2 es el más letal en el descenso. De las 284 personas que lo habían ascendido hasta hace un año, 24 murieron bajando. Esto significa un 8,4%, cuando la media de mortalidad tras pisar la cima de un ochomil es del 1,5%. Además, cuando Edurne bajó del infierno de nieve y hielo del K2, se convirtió en la primera mujer que lograba salir con vida de allí tras hacer cumbre. A pesar del éxito, esta montaña fue el mayor desacierto en su carrera: "Encontramos muchísima nieve en el cuello de botella. Teníamos que quitarla para avanzar. Deberíamos haber analizado mejor si continuar o no", reconoce. Allí perdieron un tiempo precioso, que al final terminaron pagando.

Tras aquella experiencia, Edurne entró en una fortísima depresión que la tuvo apartada más de un año, una etapa superada, pero que todavía emociona a Begoña Lizarribar, su madre. La visitamos en la casa familiar, en Tolosa, a tan sólo 30 kilómetros de San Sebastián. Nos abre ella la verja. Al fondo, en la entrada del chalet, está Xabat. Es el sobrino de la montañera, su "fan número 1". Sólo tiene 20 meses, pero ya le gusta trepar al alféizar de las ventanas. Kaixo! (¡Hola!), le decimos, y el nene sonríe. Su abuela se derrite con él. Le habla en euskera, el idioma familiar. Ambos ríen. La conversación con Begoña es fácil, fluida. Es una mujer sencilla, como su hija, como la familia. Recuerda, emocionada, esos momentos bajos de su hija. Lo hace cuando le preguntamos si nunca se le ocurre plantearle que pare de arriesgar su vida: "Antes sí le decía. Ahora no. Después de lo enferma que estuvo... ya no le digo nada. Cuando estuvo tan hundida no me hablaba de la montaña. Y ya llevaba muchos ochomiles, eh... Lo quería dejar. Yo no le decía ni sí ni no. Un día me dijo: 'Ya estoy hablando con Asier (su primo) y con éstos para otra expedición'. No sabes la alegría que me dio". De sus ojos caen las lágrimas: "No se lo deseo a nadie". Asier rememora: "Tenemos una amistad muy especial. Hemos vivido lo mejor y lo peor. Me volqué mucho con ella. Un amigo está para lo bueno y lo malo".

La alpinista guipuzcoana asegura que hace un año y medio que superó la depresión, tras meses en los que sólo lloraba y ni se levantaba de la cama: "Tuvo que ver con la vida existencial misma. Encontrarte en un momento de tu vida, a los treinta y pico años, cuando todas tus amigas ya están casadas... y tú no tienes una vida estable, te cuesta ganarte la vida, tus parejas no funcionan... Había venido de un K2 en el que pierdo los dedos, en el que casi me dejo la vida. Era un momento en el que tenía que trabajar para ganar dinero y así poder permitirme marchar de expedición... Todo se me acumuló. Caí en la enfermedad, de la que me costó muchísimo salir". En esa travesía vital, a miles de kilómetros de las montañas en las que Edurne ha pasado de ser una desconocida a una de las mejores alpinistas, se planteó el futuro: ¿Merecía la pena escalar? Pasaban, que estudió Ingeniería Industrial en San Sebastián y que trabajó en la empresa de maquinaria de su padre cuatro años, pensó que haber abandonado el negocio familiar pudo haber sido un error: "Empecé a mandar currículos para volver a trabajar. Pero me estaba equivocando. Lo que me gustaba era la montaña, y terminé entendiendo que tenía que trabajar mucho para vivir de esto".

Hoy puede presumir de haberlo logrado. "Ya vuela sola", reconoce su padre. Edurne escala con la ayuda de varios patrocinadores, entre los que destacan Endesa y MoviStar. Pasaban puede así dedicar todo el año a preparar con más tranquilidad que antes sus expediciones. Vive en Matadepera (Barcelona), un pueblo cercano al Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat. Todas las mañanas dedica tres horas a correr o andar en bicicleta, generalmente por la montaña. Por las tardes toca gimnasio y su dieta la controlan en el CAR.

Otra pata de sus ingresos es Abeletxe, una casa rural con restaurante situada en Zizurkil (Guipúzcoa) que visitamos a principios de junio. El día acompaña y el camino al caserío es espectacular. Hay que conducir durante decenas de curvas, siempre hacia arriba, hasta que en la ladera de una montaña se divisa el pequeño paraíso que regenta Pasaban. En la entrada ondea una pequeña ikurriña. Dentro encontramos a Edurne. Le acompañan Oiarzabal y Txikón, sus dos compañeros junto a Latorre e Izagirre. En las paredes interiores del caserío cuelgan enormes fotos de la dueña en algunas de las cumbres ya conquistadas. En la terraza, un cliente observa el valle y se zampa una enorme pata de pollo. Allí afuera también está el aita (padre) de Edurne: "Cuando ella y su hermano (Eneko) eran pequeños, siempre íbamos al monte, o a esquiar... Cogíamos el coche por la mañana, pasábamos el día y volvíamos por la noche", recuerda.

Cuesta creer que una mujer con la fortaleza de Pasaban fuera una niña débil. Casi resulta de chiste que una cría que apenas se alimentaba sea hoy la dueña de un restaurante en el que se come de lujo. Suena a broma que una chavala tímida y con problemas de integración en la ikastola imparta hoy conferencias sobre liderazgo (tiene un MBA por la Business School de ESADE en Barcelona) y quien parte el bacalao en sus expediciones. Su madre recuerda un episodio que da idea de su fragilidad infantil: "Un día, cuando Edurne tenía seis años, veo que se pone morada, morada. Se cae al suelo, le meto la mano en la boca y estaba llena de lombrices. Pensábamos que su falta de apetito era un problema de intestinos, pero no... Aquello marcó su niñez, con sus amigas... Era una cría sin fuerza, se cohibía porque no podía ir a ningún lado". Pero aquella época también afianzó su capacidad de sufrimiento. Idoia, la mejor amiga de Edurne desde que coincidieron a los tres años en la ikastola Lazkurain, habla de aquellos momentos: "En clase había gente líder, pero nosotras pasábamos desapercibidas. Digo yo que ahora esa gente que nos machacó un poco de pequeñas se arrepentirá". Hasta octavo de EGB, dice, eran unas estudiantes "de las que quedaban para estudiar y no abrían el libro". Después, todo cambió: "Era muy trabajadora, muy constante, igual que ahora".

La timidez de Edurne empezó a desaparecer con la edad. Cuando tenía unos 13 años cometió su (quizá) primer acto de rebeldía, de libertad, lanzándose al vacío de los 38 metros de los puentes de la N-I en Ibarra, entre esta localidad y Tolosa. Una clienta de su madre, entonces peluquera, la vio y le recriminó. La respuesta de aquella adolescente fue coger la bicicleta e ir a toda velocidad a confesarse, para que su familia no se enterara por terceros: "Ama, ¿te han dicho algo? Me he tirado del puente". Al mes, rememora Begoña, le reconoció que eso del puenting lo hacía a menudo con un grupo de Tolosa. La "cría" ya había empezado a aventurarse sola. Sólo dos años antes, en el cámping de Orio en el que pasaron tantas vacaciones, le pilló subiéndose a unas rocas, aunque el primer episodio más serio de escalada lo vivió a los 16 años. "Nos engañó. Nos dijo que se iba a los Pirineos con unos amigos de Tolosa. Confié, y resultó que se iba al Mont Blanc", explica la madre. Fue una mentirijilla de 4.810 metros de altura. Poco después, a los 17, marchó hasta los Andes, donde ascendió el Chimborazo (Ecuador), de 6.310 metros. Palabras mayores. "De allí vino con el gusanillo", recuerda su madre. Luego, siguió con la escalada deportiva e incluso empezó a competir en triatlones. Y por fin, el salto a los ochomiles.

Su primera experiencia en esas cimas llegó en 1998. Fue al Dhaulagiri con sólo 25 años. Los dos años siguientes intentó ascender al Everest. Tampoco lo logró. Fue finalmente en 2001 cuando llega su primer éxito. Por fin sube a la cima del mundo, el Everest. Lo hace con oxígeno: "No me conocía a mí misma. No sabía cómo iba a responder mi cuerpo". Por ese motivo, dice que le gustaría repetir en algún momento, esta vez sin la ayuda de bombonas: "Ahora sé que lo puedo hacer, lo veo factible". A Edurne se le nota la pasión cuando habla. Es curioso, sin embargo, que todo el esfuerzo por subir a lo más alto se traduzca en un momento de unos 15 minutos: "Cuando llegas a una cumbre no hay grandes momentos de emoción, ni lo vives tan intensamente como se pueda creer. Cuando llegas estás con la tensión de hacerte fotos con los banderines (de los patrocinadores), de filmar... Eres consciente de que es tarde, que hay que bajar, y de que todo se puede complicar. Y te centras en eso. Disfrute no hay".

Aun así, 15 minutos en lo más alto compensan dos meses de expedición. Así que tras el Everest le siguieron el Makalu, Cho Oyu, Lhotse..., montañas de nombres exóticos donde caminar supone un esfuerzo titánico. "A 8.000 metros todo se ralentiza un montón. Cuesta respirar, que llegue el oxígeno. Eso se nota a la hora de caminar, de tomar decisiones, de pensar...", describe Pasaban. La última etapa completada por Edurne, el Kangchen, le deja a sólo dos cimas de ser la primera mujer en subir los 14 ochomiles. Le faltan el Shisha Pangma, al que ha intentado subir tres veces, y el Annapurna, al que se enfrentó en una ocasión. Este último es peligrosísimo por sus continuas e impredecibles avalanchas, que han devorado a decenas de montañeros. Con sólo 153 ascensiones, por las 3.684 que tiene el Everest, es el que peor ratio tiene entre el número de personas que han llegado a la cima con éxito y las que han fallecido en el intento (58), lo que supone casi un 38% (aquí no se cuenta a los que lo intentaron, no lo lograron y sobrevivieron). Edurne habla de "miedo" ante un monte complicadísimo: "Allí han fallecido varios amigos".

El gran debate ahora es si debe intentarlos de una tacada en otoño o si debe dejar el temible Annapurna para la primavera. Este verano se tomará la decisión, que dependerá también del ritmo que lleven sus competidoras. Dos de ellas, las dos coreanas, utilizan oxígeno en sus ascensiones, que encadenan muy seguidas, gracias a que todo el trabajo previo a subir se lo dan hecho. Esto las coloca en ventaja, algo que los alpinistas critican. Juanito Oiarzabal mete presión: "Miss Ho y Miss Go lo pueden tener relativamente fácil si todo va bien, si las condiciones meteorológicas son las adecuadas, si encuentran otras expediciones, con el equipo que tienen. Pero tal y como van, al límite, también es cierto que podrían morirse".

Oiarzabal, que vive de la montaña desde 1996, habla frecuentemente del "negocio" del alpinismo y asegura rotundo: "Sé cómo funciona esto. Podremos decir lo que queramos, pero para los anales de la historia prevalecerá la primera que logre los 14". Y aunque no justifica el uso de O2 en la búsqueda del objetivo, Juanito aconseja a Edurne que se adelante a las cuatro competidoras, incluidas las coreanas: "Así se llevaría la gloria de los pies a la cabeza". Ella no lo ve tan claro: "No debo obsesionarme con ser la primera. Me da igual quién gane. Al Himalaya voy a disfrutar. Mi experiencia dice que dos montañas consecutivas no es bueno, sobre todo de aquí", dice señalándose la cabeza. Su madre, mientras, teme: "Me da miedo que se precipite. Ella dice que no, pero sí querrá ser la primera. La que diga que no le gustaría ser la primera miente. No se puede ir de humilde cuando lo tienes tan cerca".

HASTA QUE TOME esa decisión, la montañera vasca aprovecha el tirón y se recupera de las últimas heridas. En el último mes no ha parado. Dice que la tele es un sitio en el que se sentiría cómoda en el futuro, "en algún programa de aventura". No dejaría la montaña, pero tampoco parece que su destino sea seguir subiendo ochomiles a los cincuenta y tantos años como Oiarzabal, que a pesar de que sus pies son dos muñones, continúa en la brecha. La madre de Edurne asegura que nunca se queda tranquila hasta que su hija regresa al campo base de las montañas. Sólo ella y su marido saben lo que significa una llamada desde Nepal a las cuatro y media de la madrugada. "La diferencia entre la imprudencia y la valentía es volver para contarlo. Si vuelves y lo cuentas fuiste valiente. Si te quedaste allí, fuiste un temerario", asegura Harold Messner, el pionero de los 14. Pasaban, como mujer, luchará por igualar la gesta ochomilista del italiano, el primer hombre en subirlos todos, en 1986. En Zaragoza, cuando se recuperaba en el hospital de su última ascensión, le preguntamos: ¿Arriesgáis mucho? Edurne subió su mirada, apretó sus labios todavía agrietados y llenos de llagas, lanzó un "Mmm..." pensativo ante la mirada de su madre, Txikón y Juanito, y respondió escueta: "Apretamos".

Fuente ElPais

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