31 oct. 2009

Los guardianes de la montaña


Con túnicas blancas y una campana a la cintura "para espantar los malos espíritus", los "yamabushi" de Japón, antiguos guerreros de la montaña, viven hoy a caballo entre el mundo moderno y una milenaria tradición de culto a la naturaleza.
En la prefectura de Yamagata (norte de Japón), a pocos kilómetros de un centro de investigación pionero en técnicas electrónicas, los "yamabushi" del siglo XXI continúan manteniendo vivos los ritos con los que, hace 1.400 años, sus antepasados honraban a la montaña y la naturaleza.

Scott Cejka

Tras llegar a la ciudad de Yamagata en el ultramoderno Shinkansen, el tren de alta velocidad nipón, y recorrer algunos kilómetros hasta el monte Hagurosan se puede ver a estos modernos adoradores de la montaña caminando con poco más que un bastón, una campanilla y una caracola que hacen sonar de tanto en tanto.

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"Es un modo de comunicarnos con la naturaleza", explica Shuetsu Ito, un "yamabushi" que alterna sus periodos en la montaña con su trabajo como funcionario en el municipio de Tsuruoka, a los pies del Hagurosan.


Para convertirse en "yamabushi" tuvo que pasar un periodo de entrenamiento que se prolongó durante dos semanas y que, explica, fue como "morir y renacer de nuevo".
"Se trata de superar varias pruebas. Por ejemplo, meterse en una habitación cerrada llena de humo y polvo de pimienta roja. La sensación de asfixia es enorme. Luego, al salir, uno aprecia el aire puro como nunca", relata Ito.
Y es que ése es el objetivo del entrenamiento, que se puede prolongar hasta cien días y tiene varias pruebas que se mantienen en secreto: "Superar el pasado y convertirse en una persona nueva para contemplar de otra manera la naturaleza", recalca el "yamabushi".
Para ello, peregrinan buena parte de la jornada por caminos de montaña y comen dos veces al día una dieta compuesta por arroz, sopa de miso y pepinillos, explica Ito, que se detiene y pone las palmas de sus manos sobre el tronco de un árbol durante largo tiempo.
"¿No lo sientes? Hay energía, hay algo dentro. Hay poder en toda la naturaleza, incluidas las piedras, el agua, el viento...", dice.
Los orígenes de los "yamabushi" se remontan al siglo VI, cuando de una mezcla de creencias del budismo y el sintoísmo nació la doctrina del Shugendo, basada en el respeto a la naturaleza y la búsqueda de sus poderes y energías.
Los "yamabushi", seguidores del Shugendo, eran entonces monjes, guerreros o muchas veces ambas cosas a la vez, a los que se les atribuía un aura casi mágica, al estilo de los hechiceros o alquimistas de la Europa de la Edad Media.
Hoy, catorce siglos después, el Shugendo sigue manteniendo un halo de misterio, pero se ha convertido para muchos japoneses en un modo de reencontrarse con la naturaleza y huir de la rutina urbana.
Ito, ataviado con una túnica a cuadros blancos y negros y con la campanilla atada a la cintura tintineando mientras anda, hace de guía ocasional para los visitantes, a los que cuenta detalles como que su caracola la compró por 70.000 yenes  o que la ruta del Hagurosan tiene hoy "tres estrellas Michelin".
En las tres montañas sagradas conocidas como Dewa-sanzan -una de las cuales es Hagurosan- hay decenas de seguidores de la disciplina del Shugendo, aunque muy pocos han completado el entrenamiento más duro, el de cien días.
"No todos lo terminan, pero cualquiera puede intentar ser un 'yamabushi'; antes había restricciones, las mujeres por ejemplo no podían serlo. Pero hoy sí", señala Ito.
Para convertirse en uno de los modernos ascetas de la montaña tampoco es necesario ser de una religión específica: "No es una cuestión de religión; en esta sociedad lo que falta es armonía, y aquí aprendemos a apreciar lo que nos rodea", concluye el "yamabushi". 

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EFE

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